El «Signalgate», la alta política a golpe de emoji que sonrojó al Gobierno Trump
El caso «Signalgate», en el que el Gabinete estadounidense usó un entorno digital abierto para intercambiar información de un ataque militar, ha supuesto el episodio más sonrojante hasta la fecha para el segundo Gobierno de Donald Trump y servido para atacar a dos de sus figuras clave, el asesor de Seguridad Nacional, Mike Waltz, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Waltz y Hegseth, junto a figuras como el vicepresidente, JD Vance, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, o el director de la CIA, John Ratcliffe, optaron a mediados de marzo por emplear la aplicación Signal para hablar de los preparativos y el desarrollo de una ofensiva sobre rebeldes hutíes en Yemen en vez de hacerlo con dispositivos con «air gap» (no conectados a internet), un estándar para cargos con acceso a material sensible en EE.UU.
Lo acontecido pone de relieve la costumbre extendida entre funcionarios en Washington de coordinarse por apps de mensajería (o mediante el uso de teléfonos particulares) y plantea preguntas sobre si este comportamiento se ha repetido anteriormente y si, por tanto, países como Rusia o China han podido espiar regularmente este tipo de conversación, o sobre si el uso de Signal -que destruye los mensajes pasado un tiempo- viola leyes federales.
También deja especialmente en mal lugar a Hegseth por la información que compartió en abierto y por el hecho de que un secretario de Defensa suele contar, allá donde va, con personal a su disposición para que le fabrique al momento lo que se conoce como un SCIF (siglas en inglés de instalación compartimentada de información sensible).
Un SCIF (es-kif) es un habitáculo con unos estándares de seguridad tan estrictos que resulta prácticamente impenetrable y en el que está terminantemente prohibido meter un teléfono celular, vulnerable a escuchas.
El error de Waltz
Waltz, es el responsable de que el mundo haya podido leer como él y el resto del grupo debatían sobre los detalles del ataque y sus implicaciones políticas, sacando a relucir de paso el enorme recelo de Vance o Hegseth por «rescatar a Europa de nuevo».
Todo porque el asesor de Seguridad Nacional invitó -se cree que por error- al director editorial de la revista liberal 'The Atlantic', Jeffrey Goldberg, a la sala de chat, donde el periodista permaneció desapercibido durante cuatro días leyendo todos los intercambios.
Trump ha defendido a Waltz, diciendo que «va a seguir haciendo un buen trabajo», pese a que medios estadounidense han revelado que algunos miembros del equipo de Trump están molestos por su error.
Con Waltz surge ante todo la pregunta sobre por qué tenía en agenda a Goldberg, al que Trump ve como un periodista hostil y al que Waltz ha llamado «basura» y con el que se suponía que no tenía relación, algo que intentó aclarar sin mucho éxito en una entrevista con la conservadora Laura Ingraham en Fox News esta semana.
Las confusas respuestas de Waltz, que dijo que está investigando si fue Golberg el que se metió «deliberadamente» en el chat, «que todo el mundo ha tenido un contacto (telefónico) que indica una persona y luego un número de teléfono diferente» y que nunca ha conocido al periodista ni se ha comunicado con él, no han despejado dudas.
Detalles sobre el ataque
Hegseth, por su parte, reveló en el chat información sensible, incluyendo objetivos, activos militares desplegados y, con dos horas de antelación, el cronograma del ataque, lo que pudo haber puesto en riesgo a personal estadounidense.
«Nadie está enviando mensajes de texto con planes de guerra, y eso es todo lo que tengo que decir al respecto», zanjó con rabia Hegseth, que ya estaba bajo la lupa por ser el secretario de Defensa con menos experiencia militar de la historia reciente, por ser ratificado por el Congreso in extremis o por las repetidas alegaciones de que abusa del alcohol.
«Cuando hay emojis de puñetazos y de fuego, es falta de sobriedad. No lo digo literalmente», dijo con sorna el jueves en el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes el demócrata Jim Himes.
El «Signalgate» ha convertido a Waltz y Hegseth en objeto de burla, desatando especulaciones sobre su futuro. Tal y como señalaban esta semana fuentes cercanas a Trump en The New York Times, si hay algo que el presidente detesta es que su equipo se convierta en el hazmerreír del mundo.